viernes, 5 de abril de 2019

¿Existe una numerosidad innata en el género Homo?


La numerosidad, entendida como la capacidad de entender, representar y usar los números (Coolidge & Overmann, 2012), es un proceso cognitivo ampliamente relacionado con la conducta humana. Sin embargo, no siempre han existido conductas relacionadas con los números, lo que nos induce a pensar en dos importantes cuestiones:

A ¿Cuándo comenzaron las conductas relacionadas con el manejo y control de conductas de medición y/o conteo?

En el Paleolítico superior se han constatado conductas relacionadas con procesos de medición, gracias a las marcas consecutivas que se han observado en diversos huesos, astas y piedras (conductas numéricas en el Paleolítico).
El concepto de medición sería la equiparación de objetos, animales o acciones realizadas (piezas de caza, recorrer distancias, productos de intercambio comercial, almacenaje, etc.) con unidades o patrones de medida (día, mes lunar, año solar, unidades de volumen o de acción, caza, etc.). Estas mediciones y sus representaciones mediante marcas en materiales apropiados no constituían aún números en el sentido abstracto que conocemos en la actualidad.

Recientemente se ha especulado sobre la posibilidad que las incisiones o marcas en un fémur de hiena de 72-60 ka en el lugar Musteriense de Les Pradelles en Francia y las incisiones del peroné de babuino de 44-42 ka en Border Cave en Sudáfrica (d´Errico et al., 2017), también tengan relación con esta formas conductuales. Estas conductas tienen una existencia es muy irregular, tanto en la distribución temporal como geográfica, y siempre nos queda la duda de que su finalidad fuera una actividad de medición o de otra causa desconocida (Reese, 2002; Barandiarán, 2006; González Redondo et al., 2010;).

Tras el Paleolítico, los primeros datos arqueológicos sobre la existencia de conductas de medir y contar cantidades específicas se comprueban en las sociedades organizadas del Neolítico de Mesopotamia, de Egipto (MacGinnis, et al., 2014; Overman, 2016; Schmandt-Besserat, 1992), de Mesoamérica y de China (Chrisomalis, 2005), al adquirir un desarrollo cognitivo (social, tecnológico y emocional) y causal adecuado (cognición causal, grado 7).

B ¿Es una conducta innata o adquirida por medio de la cultura?

Existe cierta controversia sobre la posibilidad de que existan antecedentes biológicos en diversas especies relacionadas con el manejo de cantidades. Esta situación, un tanto confusa, ha obligado a diversos autores a estudiar tal proceso e intentar aclara las cosas. Conocemos que existe de forma innata una numerosidad perceptual o concreta que permite la apreciación sensorial de varios componentes semejantes (varios, pocos, muchos) (Carey, 2009). Su existencia es independiente del lenguaje (Brannon, 2005; Overmann, 2016, 2018a; Varley et al., 2005), y presenta dos aspectos funcionales:

- Primero, el sistema de número aproximado (ANS) que facilita una estimación de la magnitud de un grupo sin depender de lenguaje o símbolos, actuaría en grupos mayores de cuatro, permitiendo valorar diferencias en magnitud entre los grupos (muchos o pocos).

- Segundo, el sistema de seguimiento y cuantificación de objetos (subitización) que funciona con valores menores de cuatro (Butterworth, 1999; Cantlon et al., 2006; Coolidge & Overmann, 2012; Dehaene, 1997; Nieder & Dehaene 2009; Tomasello & Call, 1997). Su existencia se ha comprobado en ratas, leones y varias especies de primates (Dehaene 1997; Nieder & Dehaene 2009), lo que indicaría la evidencia de un sustrato neuronal que se ha mantenido evolutivamente.

Estas disposiciones innatas son coherentes con las características neurológicas de la percepción y atención de la cantidad (Overmann, 2017). La atención sería el proceso de concentración selectiva y perdurable en periodos prolongados de un aspecto discreto de la información, inhibiendo al resto de la percepción sensorial por ser conceptuada como irrelevante (Ardila et al., 1997). La atención estaría vinculada al volumen y distribución de la percepción, pues cuantos menos objetos haya que atender, mayor será la posibilidad de concentrar la atención y distribuirla entre cada uno de ellos (Menninger, 1992).

La universalidad de este carácter innato no implica una evolución sistemática a sistemas de cuantificación numérica, pues en la actualidad se conocen poblaciones humanas con una cognición numérica que sobrepasa muy poco los límites de este innatismo. Todas las sociedades humanas conocidas tienen un lenguaje, pero no todas tienen números. Conocemos diversos casos en Suráfrica (Bosquimanos), Australia (Kuri, Kana, Gumulgal, etc.), en Nueva Guinea (Parb, Sisiami y Arop) y América del sur (Zamuco, Bakahiri, Arara, Krao, etc.) (Flegg, 1983), o los indios Pirahã del Amazonas brasileño con un vocabulario numérico basado en nombrar cantidades de uno, dos, uno-dos (tres) y dos-dos (cuatro) y muchos (Everett, 2005). Este hecho puede atribuirse razonablemente a las diferencias en las necesidades sociales de los números (Epps et al., 2012; Overmann, 2018a), es decir a la falta de un adecuado desarrollo cognitivo social, tecnológico y emocional que motivase su evolución.

Conclusiones

La numerosidad hay que buscarla en la evolución cognitiva humana, dentro de su particular nicho cognitivo-cultural (Rivera& Rivera, 2019). La creación de los números solo puede realizarse cuando el desarrollo de las capacidades cognitivas (racionales y emocionales) adquieran los niveles de una conducta simbólica moderna (cognición causal grado 7). Su desarrollo estaría motivado (cognición emocional) por prácticas sociales, tecnológicas y culturales (cognición social y tecnológica) que fomentan el conteo y/o el seguimiento de cantidades exactas (Epps et al., 2012), lo que explica su desarrollo heterogéneo en el tiempo y la geografía.

Los números constituyen una abstracción simbolizada cuyo origen cognitivo es un proceso coevolutivo y emergente (Rivera & Rivera,2019; Zorzi & Testolin, 2017), el cual se produce mediante mecanismos de exaptación cultural dentro de nuestro particular nicho cognitivo-cultural (d’Errico et al., 2017; Rivera &Rivera, 2019) y desarrollo cognitivo de características modernas con una cognición causal de grado 7.




- Ardila, A., Lopera, F., Pineda, D. & Roselli, M. (1997): Neuropsicología infantil (2da. Ed.) México D. F. Prensa creativa.
- Barandiarán, I. (2006). Imágenes y adornos en el arte portátil paleolítico, Barcelona. Ariel. 
- Brannon, E. M. (2005). The independence of language and mathematical reasoning. PNAS 102(9):3177–3178.
- Butterworth, B. (1999). The mathematical brain. London. Macmillan Publishers. 
- Canthlon, J. F., Brannon, E. M., Carter, E. J. & Pelphrey, K. A. (2006). Functional imaging of numerical processing in adults and 4-y old children. PLOS Biology 4 (5), 844-854.
- Carey, S. (2009). The origin of concepts. Oxford. Oxford University Press. 
- Chrisomalis, S. (2005). Evaluating Ancient Numeracy: Social versus Developmental Perspectives on Ancient Mesopotamian Numeration. Paper delivered to the Annual Meeting of the Jean Piaget Society (Vancouver, British Columbia).
- Coolidge, F. L. & Overmann, K. A. (2012). Numerosity, Abstraction, and the Emergence of Symbolic Thinking. Current Anthropology, 53(2), 204-225
- Dehaene, S. (1997). The Number Sense. Oxford University Press.
- d´Errico, F., Doyon, L., Colagé, I., Queffelec, A., Le Vraux, E., Giacobini, G., Vandermeersch, B. & Maureille, B. (2017). From number sense to number symbols. An archaeological perspective. Philos Trans R Soc Lond B Biol Sci. 19; 373(1740). 
- Epps, P., Bowerin, C., Hansen, C. A., Hill, J. H. & Zentz, J. (2012). On numeral complexity in hunter-gatherer languages. Linguistic Typology, 16(1), 41–109.
- Everett, D. E. (2005). Cultural Constraints on Grammar and Cognition in Pirahã. Current Anthropology, Volume 46 (4).
- Flegg. G. (1983). Numbers: Their History and Meaning. New York: Dover Publications.
- González Redondo, F. A., Martín-Loeches, M. & Silván Ppbes, E. (2010). Prehistoria de la matemática y mente moderna: pensamiento matemático y recursividad en el Paleolítico franco-cantábrico. Dynamis. 30: 167-195. 
- MacGinnis, J., Monroe, M. W., Wicke, D. & Matney, T. (2014). Artefacts of cognition: the use of clay tokens in a Neo-Assyrian provincial administration. Cambridge Archaeological Journal 24 (2), 289-306.
- Menninger, K. (1992). Number Words and Number Symbols: Cultural History of Numbers. United States Dover Publications. North Chelmsford. 
- Nieder, A. & Dehaene, S. (2009). Representation of number in the brain. Annual Review of Neuroscience 32: 185-208.
- Overmann, K. A. (2016). The role of materiality in numerical Cognition. Quaternary International, 405: 42-51.
- Overmann, K. A. (2017). Materiality and Numerical Cognition: A Material Engagement Theory Perspective. In: Wynn, T. & Coolidge, F. L. (eds). Cognitive models in Palaeolithic archaeology. Oxford University Press. 
- Overmann, K. A. (2018). Constructing a Concept of Number. Journal of Numerical Cognition. Vol. 4, núm. 2, 464-493. 
- Reese, D. S. (2002). On the Incised Cattle Scapulae from the East Mediterranean and Near East. Bonner Zoologische Beitrage 50, 183-198.
- Schmandt-Besserat, D. (1992). Before Writing: from Counting to Cuneiform, vols. 2 Austin.University of Texas Press. 
- Tomasello, M. & Call. J. (1997). Primate Cognition. Oxford. Oxford University Press. 
- Varley, R. A., Klessinger, N. J. C., Romanowki, CH. A. J. & Siegal, M. (2005). Agrammatic but numerate. PNAS. 102(9):3519–3524.
- Zorzi, M. & Testolin, A (2017). An emergentist perspective on the origin of number sense. Phil. Trans. R. Soc. B 373: 20170043.



domingo, 28 de octubre de 2018

Memoria de trabajo

Puede definirse como la capacidad para mantener temporalmente activa la información para su utilización en diferentes actividades cognitivas como comprender o pensar (Pelegrina et al. 2016). Mantiene la información on line, la orientación, la atención, la inhibición y la monitorización de la conducta en referencia a estados motivacionales y emocionales del organismo. Se localiza en el LPF, área de asociación heteromodal muy interconectada con una red distribuida de regiones corticales y subcorticales (Tirapu-Ustárroz y Muñoz-Céspedes, 2005). Sus propias características funcionales han sido resaltadas por diversos autores como importante causante de nuestra evolución cognitiva y del inicio de la conducta considerada como moderna (Wynn and Coolidge 2011).



Todos los autores están de acuerdo con tal definición y explicación del proceso cognitivo que conlleva. Pero la memoria de trabajo es uno de los constructos cognitivos utilizados para explicar la cognición humana. En el inicio de la Psicología, y ante la necesidad de analizar la mente humana por medio de sus acciones, a los primeros psicólogos les faltaba un método que aplicar en sus estudios. Desde entonces se han realizado una serie de conceptualizaciones (organización lógica y cognitiva basada en el conocimiento personal del problema a estudiar y, por tanto, subjetivo en algún grado) sobre las características cognitivas que observa en los seres humanos, a las que se denominan constructos. Los conceptos científicos usados en la psicología (inteligencia, funciones cognitivas, memoria de trabajo, frustración, inconsciente, emociones, ego, fobias, ansiedad, motivación, etc.) no tienen una existencia concreta similar a las entidades físicas que se prestan a la observación sensible. Son conceptos que sobrepasan la observación empírica y muchas veces expresan supuestos teóricos. A tales conceptos se les llama actualmente constructos o conceptos no observacionales para diferenciarlos de los observacionales (Bunge, 1973). Los constructos no tienen referentes empíricos inmediatos. Nadie ha visto ni ha tocado la inteligencia de alguien, pero sí la puede inferir de la manera en que una persona es capaz de resolver ciertos problemas en relación con la manera en que otros los resuelven. 

Características de la memoria de trabajo

Se pueden establecer una serie de propiedades que van a caracterizar a este constructo. Destacaré las siguientes:

- Su capacidad es limitada. Solo almacenamos 7 ±2 elementos.
- Es activa. No solo almacena la información, sino que la manipula y la transforma.
- Sus contenidos se actualizan permanentemente.
- Está modulada por el córtex frontal dorsolateral.

De igual manera se conocen las funciones de la memoria de trabajo en general. Su papel en el pensamiento y comprensión del lenguaje es variado y fundamental para un adecuado funcionamiento cognitivo.

- Se necesita la memoria de trabajo para mantener los objetivos y subobjetivos en la resolución de problemas.
- Las diferencias individuales en la resolución de problemas pueden deberse a diferentes capacidades en la memoria de trabajo.
- Un aspecto de la capacidad de la memoria de trabajo puede ser la velocidad de procesamiento.
- Una predicción razonable de este modelo es que una interferencia en la memoria de trabajo se traduce en peores prestaciones en las tareas de razonamiento.
- La memoria de trabajo también es necesaria en la compresión del lenguaje.
+ Para almacenar información parcial sobre un texto pronunciado o leído mientras se codifica el resto.
+ Los procesos de comprensión pueden trabajar sobre la información almacenada temporalmente para producir un significado coherente para el texto completo.
+ Evidencias neuropsicológicas de que la memoria de trabajo es necesaria para la comprensión de frases, pero sólo cuando la frase es lo suficientemente compleja para que algunas palabras tengan que mantenerse en memoria mientras se percibe el resto de la frase.

Explicaciones neurofisiológicas

Todo lo dicho anteriormente se puede observar en la conducta humana, por lo que no hay duda de su existencia, pero de cómo está estructurado el cerebro para su producción solo tenemos teorías (constructos).

Los intentos de analizar estos constructos comenzaron a realizarse con los conocimientos del siglo pasado, con muy poca interdisciplinariedad, exponiendo las teorías resultantes a la comunidad científica para su crítica, aceptación y uso o desafectación. La verdad es que poco más se podría hacer. Se intentaba que tales explicaciones aclarasen el funcionamiento del cerebro para tales funciones, pero casi siempre se omitía su relación filogenética y ontogénica del género Homo.

Una de sus principales controversias se ceñía a su funcionalidad neurológica en el cerebro. Así, básicamente se establecieron dos grandes grupos de explicaciones funcionales (Pelegrina et al. 2016):

I.- La memoria operativa o de trabajo constituye un sistema con sus propios procesos cognitivos. Normalmente se sitúan en el LPF y tendrían cierta autonomía anatómica y funcional. Son modelos basados en la existencia multi‐almacén para diversas sensaciones modales. En los modelos modulares específicos de dominio la corteza prefrontal está organizada de modo que distintas áreas se encargan del almacenamiento de distintos tipos de información.
El modelo de Baddeley e Hitch de la memoria de trabajo (Baddeley y Hitch, 1974; Baddeley, 2000) incluye componentes de almacenamiento denominados tampones o búferes (lazo o bucle fonológico, buffer o agenda visual-espacial, Tampón o buffer episódico) y de procesamiento de la información (ejecutivo central). El sistema ejecutivo central (SEC) es un sistema por medio del cual se llevan a cabo tareas cognitivas en las que interviene la memoria de trabajo, y que realiza operaciones de control y selección de estrategias (Tirapu-Ustárroz and Muñoz-Céspedes, 2005).
 

II.- Se trata de un subconjunto de representaciones activadas de la memoria a largo plazo que comparte una serie de procesos con otras funciones psicológicas. Se situarían en la ubicación de la memoria a largo plazo (áreas de asociación parieto-temporo-occipital) y, tras su activación, pasaría al LPF para su procesamiento cognitivo. La memoria de trabajo se identifica con la región de la memoria a largo plazo que ha alcanzado un cierto nivel de activación (Cowan, 1988). Goldman-Rakic (1996) ha propuesto una nueva comprensión de la memoria de trabajo que se basa en las implicaciones de la arquitectura funcional del córtex prefrontal. Para esta autora, esta región cerebral desempeñaría un papel preponderante en las funciones de la memoria de trabajo y debería entenderse como una red de integración de áreas, cada una de las cuales estaría especializada en un dominio específico. Así, cada subsistema de la memoria de trabajo se encontraría interconectado con diferentes áreas corticales de dominio específico. Las áreas prefrontales relacionadas con la agenda visuoespacial se conectarían con el lóbulo parietal posterior, y el bucle fonológico con áreas temporales relacionadas con el lenguaje (área de Wernicke, fascículo arqueado, etc.). Este modelo explica cómo sistemas independientes y simples pueden trabajar concertadamente para dar lugar a una conducta compleja (Tirapu-Ustárroz and Muñoz-Céspedes, 2005).

Discusión

De la memoria de trabajo u operativa el investigador del LPF Joaquín Fuster (2015) se pregunta: ¿Por qué se considera a la memoria de trabajo un tipo especial de memoria en lugar de un estado de memoria? La pregunta es válida al admitir que estamos hablando de constructos, cuya naturaleza, origen y relación funcional desconocemos. Además de la memoria de trabajo y memoria a largo plazo son tipos de memoria que funcionan en base de su activación. La memoria de trabajo podría ser visto como un estado de conciencia o de la capacidad que tiene el ser humano para procesar información de manera eficiente externa, lo que se realiza por medio del lenguaje. Podría ser una memoria de base funcional-lingüística.


Baddeley (1983) dijo claramente que la memoria de trabajo es la retención temporal de información reciente para el desempeño de una tarea o la solución de un problema. Sin embargo, la perspectiva de futuro de la memoria de trabajo se suele ignorar y, con ella, la esencia de su definición y la clave para comprender sus mecanismos cerebrales. De hecho, la memoria de trabajo es esencialmente prospectiva (del futuro inmediato o más lejano), como otras funciones ejecutivas de la corteza prefrontal. Sus funciones son prospectivas y preadaptativas, pues facilita la acción a realizar en las mejores condiciones. 



La evidencia ahora es abrumadora de que la memoria de trabajo consiste en una memoria de largo plazo activada que se ha actualizado para lograr un objetivo en el futuro cercano. La actualización puede ser provocada por un estímulo externo o interno, pero el contenido de la memoria de trabajo no es solo ese estímulo sino también su historia. Por lo tanto, la memoria de trabajo no es una forma o sistema especial de memoria, sino el estado activo de una red cortical reconfigurada temporalmente de la memoria a largo plazo hacia una meta en el futuro cercano.

Conclusiones (si pueden establecerse)

Podemos establecer una básica estructuración funcional del cerebro, donde el área de asociación parieto-temporo-occipital sería el receptor e integrador de las aferencias sensitivas externas (áreas primarias visuales, sensitivas y auditivas). Esta información integrada (memoria a largo plazo), que puede ser asociada (simbolizada) por sonidos o señas apropiadas (muy relacionada con el lenguaje), en función de los procesos de atención, tendría que pasar al lóbulo frontal para su correlación emocional, procesamiento racional y la producción de una respuesta motora si es necesaria. Las vías nerviosas que pueden realizar esta función no están del todo bien conocidas, pero podemos destacar la salida de dos importantes áreas: el Precúneo o Precuña y sus conexiones con el Lóbulo Prefrontal (Bruner et al. 2014) y el área de Wernicke y la importante evolución del fascículo arqueado, que llega tanto al área de Broca como al Lóbulo Prefrontal (Rilling, et al. 2008).
 
(Tomado de Mate-Castella, 2010)
En estos estudios la ontogenia y filogenia de estos procesos pocas veces se han tenido en cuenta y, en todo estudio interdisciplinar, siempre hay que valorar el cómo de la formación de tales constructos. Puede que dependiendo de la cualidad de la memoria a largo plazo (p. e. lenguaje) se estructuren las funciones ejecutivas del Lóbulo Prefrontal. Existen indicios de que las funciones ejecutivas metacognitivas (entre ellas la memoria de trabajo) dependen significativamente de la cultura y de los instrumentos culturales, pues se ha comprobado que están significativamente correlacionados con el nivel educativo (Gómez-Pérez and Ostrosky-Solís, 2006; Ardila and Ostrosky-Solís, 2008).


- Baddeley, A. (1983). Memoria de trabajo. Phil Trans. R. Soc. Londres. B302, 311-324.
- Bruner, E., de Lázaro, G. R., de la Cuétara, J. M., Martín-Loeches, M., Colom, R. and Jacobs, H. I. L. (2014). Midsagittal brain variation and MRI shape analysis of the precuneus in adult individuals. Journal of Anatomy224 (4), 367–376.
- Bunge, M. (1973): La Ciencia, su Método y Filosofía. Edición Siglo XX, Buenos Aires.
- Fuster, JM y Bressler SL (2015). Elpasado hace futuro: el papel de pFC en la predicción. Journal of CognitiveNeuroscience, 27: 639-654, 2015.
- Pelegrina, S., Lechuga, M. T., Castellanos, M, C. y Elosua, M. R. (2016). Mente y cerebro. De laPsicología Experimental a la Neurociencia cognitiva. Cap. 8. AlianzaEditorial.

lunes, 13 de agosto de 2018

El concepto de nicho en la evolución cognitiva humana

Todas las especies viven en un lugar con ciertas características ambientales de carácter geográfico y geológico, donde su población puede desarrollarse en el espacio y en el tiempo, gracias a las relaciones funcionales (conducta) de la comunidad con dicho hábitat. Este conjunto constituye el nicho ecológico, siendo específico para cada especie biológica. Como es lógico, todas las especies humanas participan de estos conceptos, pues solo pueden vivir, procrear y desarrollarse en lugares determinados que así lo permitan. Sin embargo, a diferencia de las demás especies, su relación con estos medios naturales en los que viven es dinámica, pues pueden cambiar su constante y particular interacción. 

Esta situación se debe a que dentro del género Homo se ha producido una evolución cognitiva que favorece una especial forma de relación social entre los miembros de sus comunidades, así como una mayor capacidad de captación, procesamiento, asimilación y transmisión de la información que la naturaleza nos ofrece. Estas características les ofrecen una mayor resistencia a los cambios ecológicos y la posibilidad de ocupar nuevos hábitats mediante los cambios ambientales necesarios para el desarrollo de las poblaciones humanas. La producción de tales mejoras adaptativas no se debe al simple desarrollo evolutivo del cerebro, sino a la producción de tal evolución cognitiva, la cual se realiza gracias a las mejoras evolutivas de su cerebro que, junto con la influencia del medio ambiente, es capaz de aumentar el aprendizaje social, crear y desarrollar el lenguaje humano, y a producir la emergencia de nuevas capacidades cognitivas (ampliación de la memoria de trabajo, desarrollo de la teoría de la mente y de la autoconciencia), que actuando en adecuada coordinación permiten que la construcción de este nicho sea un proceso de permanente acumulación y transformación, en el que las conductas, las herramientas y las ideas se van mejorando de generación en generación (Tomasello, 1999; Bickerton, 2009).



En general, la Arqueología ha explicado los avances socioculturales como formas de adaptación ecológica, donde las principales fuerzas impulsoras son la variabilidad medioambiental y la dinámica poblacional (e. g., d’Errico y Stringer, 2011; Banks, d´Errico y Zilhão, 2013). El reciente desarrollo de la Arqueología cognitiva ha puesto en relieve que tales adaptaciones ecológicas se producen cuando el desarrollo cognitivo lo permite, y no antes (Rivera y Menéndez, 2011), lo que aclara las diferencias evolutivas existente entre la evolución anatómica y la conductual/cognitiva (e. g., Renfrew, 2008).

En el dinámico desarrollo de los nichos humanos hay que entender que son varios los factores que entran en juego, todos ellos interconectados, pero cada uno con una particular importancia causal (cambios medioambientales; evolución y herencia genética; creación, trasmisión y acumulación cultural; evolución cognitiva). El diferente uso y atribución causal de los cambios conductuales serían el fundamento de las diversas denominaciones que han sido utilizadas para definirlo con mayor exactitud (nicho ecológico, cultural, cognitivo, genético-cultural, cultural-cognitivo, etc.), donde las variables que actúan en su composición toman diferente papel en consideración de las hipótesis generadas por los autores que han tratado estos temas.

No obstante, puede apreciarse dos tendencias generales respecto a la formación de estos nichos. Los que avalan el predominio de los valores genéticos con una importante manifestación conductual innata (muy poco definida, salvo su origen genético y su trasmisión generacional), y los que proponen un mayor componente cultural en el desarrollo de nuestra conducta. El problema surge cuando queremos comprender el grado de innatismo o de determinismo genético, o la influencia medioambiental que tienen las teorías que lo exponen. La ambigüedad o faltad de precisión es lo más patente, por lo que siempre hay que hablar de generalidades. Ambos procesos causales siempre se producen juntos, pues no tienen sentido en la actualidad intentar mantener posturas con total independencia una de la otra.

Toda conducta tiene una base biológica (genética) que la hace posible. Sin embargo, cuando se habla de innatismo parece que se quiere manifestar la idea de que tal conducta tiene una base genética que promueve su producción con independencia (mayor o menor, nunca puede aclararse, pero si indicarse) de la influencia medioambiental. Tal idea se recoge de la conducta de muchos animales, pues en ellos siempre es muy parecida (por no decir igual) entre todos los miembros de su grupo, y se produce de forma espontánea, como consecuencia de la manifestación o expresión genética, aunque en diversas especies si existe un comportamiento de base cultural o aprendida. La teoría sintética de la evolución se aplica con toda su fuerza y aclara satisfactoriamente el proceso. Sin embargo, su aplicación a la conducta humana presenta muchos problemas, pues nuestro género tiene unas características conductuales muy diferentes del resto de las demás especies biológicas, aunque es heredero evolutivo de ellas.

¿Qué es innato y qué es adquirido en la conducta humana?

La respuesta no puede nacer del resultado de nuestra introspección cognitiva, o de un criterio basado en nuestras propias creencias. Debe de surgir del conocimiento, lo más fundamentado posible, de la realidad funcional de nuestro cerebro, consecuencia de un complejo proceso evolutivo dentro de variados medios ambientales que lo posibilitaron (nichos humanos: ecológico, genético, cultural, cognitivo, etc.).

Su método debe ser ampliamente interdisciplinario. Este es el método que mejor nos puede aclarar las cosas, pero es a la vez su principal inconveniente, pues su realización es mucho más compleja de lo que podamos imaginar, lo que solo puede apreciarse en su verdadera magnitud si se intenta realizarlo, lo que realmente ocurre muy pocas veces. Voy a exponer las teorías sobre los nichos humanos que más difusión han tenido en la actualidad.

I- Nicho cognitivo.
Con un predominio genético o cierto innatismo en su producción, pero no se precisa su realización. Tenemos como mayor exponente a S. Pinker (2010). Se define al nicho ecológico humano como nicho cognitivo, queriendo resaltar la mayor influencia de la cognición humana sobre las características funcionales de estos nichos. Su fundamento se centra en una concepción innata de muchas de nuestras capacidades cognitivas, las cuales han sido desarrolladas y moduladas por la selección natural, para poder resolver problemas concretos de adaptación a los que los humanos han tenido que enfrentarse con frecuencia. Las habilidades claves serían dos: el uso del razonamiento causal para realizar inferencias relativas a las contingencias propias del ambiente local, y la habilidad para aprender unos de otros, gracias a la cual se reduce enormemente el coste de adquirir la información necesaria para adaptarnos a las condiciones ambientales propias de cada lugar (Pinker, 2010).

Esta concepción sigue los parámetros de la Psicología evolutiva (Evolutionary Psicology), la cual indica que el aprendizaje de las actividades humanas no puede realizarse por la simple experiencia, siendo preciso que haya contenidos innatos preexistentes para que tal proceso de aprendizaje pueda tener lugar. Este modelo evolutivo plantea que la mente está formada por módulos que resuelven problemas particulares y que han sido conformados por la evolución, de la misma manera que los órganos y funciones fisiológicas son producto de la evolución por selección natural de los caracteres físicos hereditarios (Fodor, 1983; Cosmides y Tooby, 1987; Tooby, y Cosmides, 2005). Sus ideas han servido para que diversos arqueólogos confeccionasen teorías sobre el desarrollo cognitivo en el Paleolítico (Mithen, 1996). En este contexto evolutivo se estaría destacando la gran flexibilidad y capacidad para producir innovaciones que las poblaciones humanas modernas adquirieron con la evolución, como capacidades cognitivas seleccionadas evolutivamente (Kandel et al., 2015; d´Errico et al., 2017).

El principal problema que se plantea es qué se quiere decir exactamente con la existencia de contenidos innatos preexistentes. Mientras no se aclaren lo mejor posible tales indicaciones neurobiológicas, las discusiones entran en lo que metafóricamente se han calificado de bizantinas.

II - La hipótesis del nicho cultural.
Si aceptamos que la evolución neurológica moderna se adquirió con el inicio del Homo sapiens hacia más de 150.000 años, por qué tardaron tanto en producirse los cambios conductuales, pues la flexibilidad y creatividad son capacidades cognitivas presentes en nuestro género. Ésta sería la paradoja cultural o sapient paradox expresada por algunos autores (Renfrew, 2008). Las respuestas pasan por dar más importancia a los factores culturales, desarrollando el concepto de nicho cultural. Se fundamenta en que la hipótesis del nicho cognitivo de Pinker (2010) sobreestima el papel innato dirigido por la selección natural de las habilidades cognitivas humanas como responsables del éxito de la especie (Evolutionary Psicology), y subestima el papel que en ese éxito ha jugado la cultura.

Esta hipótesis ofrece mucha mayor importancia a la capacidad para aprender de los demás, ya que nos ha permitido acumular información generación tras generación, y desarrollar herramientas, creencias y prácticas que ningún individuo podría desarrollar o inventar por sí mismo. La evolución cultural, al haber operado a lo largo de generaciones, habría acumulado y combinado elementos de tal manera que ha creado paquetes adaptativos (información cultural que permite sobrevivir y procrear en un hábitat determinado) que pueden utilizar sin tener que comprender los mecanismos de su realización (Boyd et al., 2011), y cuya manifestación es la acumulación de multitud de información adquirida por todas las generaciones que han conformado a la población humana del momento.

III - Concepto de nicho de Bickerton (2009)
Bickerton propone que la construcción de nichos es clave para comprender el desarrollo cultural, simbólico y lingüístico de las sociedades humanas. Su producción implica a todos los componentes de la sociedad de una forma mucho más amplia y válida de la que se pueda apreciar en los nichos de otros primates (e. g., chimpancés) (Odling-Smee et al., 2003).

En este proceso se produce un mecanismo de retroalimentación mutua entre el desarrollo cultural en todos sus aspectos (nicho, cambios de sus características) y los cambios genéticos de sus creadores (evolución morfológica). Los pobladores del nicho lo van cambiando, y estos cambios cambian a los pobladores. Será un claro ejemplo del efecto Baldwin (Bateson, 2004). Esta teoría nos indica que el hiperdesarrollo de comportamientos aprendidos que se da en los seres humanos es un caso de construcción de nicho. Por supuesto, este proceso tendría una base genética, que Bickerton define vagamente como un instinto desarrollado evolutivamente. Bickerton propone identificar ese nicho y cómo contribuyó al origen del lenguaje y a la humanización, por lo que el origen del lenguaje no tiene por qué deberse a ningún cambio genético. El lenguaje es tanto cultural como biológico.

La potencialidad genética para desarrollar una vida social y cultural compleja existía, pero los genes no dictan el comportamiento, simplemente lo posibilitan. Son las circunstancias las que determinan si esas posibilidades se realizan, y cuándo. El ecosistema se asegura de que quienes tienen una conducta principalmente genética y no se altera con los cambios del entorno, sean eliminados (selección natural).



Serán los nichos los que determinarán cómo se manifestarán los genes (expresión fenotípica). La teoría de construcción de nichos indica que aunque sea de forma indirecta, el nicho que hace necesario cierta conducta específica (e. g., el lenguaje) para la supervivencia del grupo, es el que se requiere para el origen y desarrollo de tal conducta (Odling-Smee et al., 2003). Si una especie está perfectamente acomodada a su nicho ecológico favorecerá la estasis de la especie. Pero si algo cambia súbitamente, se requiere la rápida construcción de un nuevo nicho, es decir, de favorecer las expresiones genéticas que puedan crear un nuevo nicho que permita la supervivencia (selección natural).
La teoría de construcción de nichos explica por qué, desde el último antepasado común de los humanos y los simios, ha habido tantas especiaciones en nuestra línea, y tan pocas en la línea de los simios. La rama de los simios vivía en un entorno inalterado y se quedó felizmente en los nichos que ya ocupaban. Nuestra rama se vio forzada a construir más y más nichos nuevos, a medida que sus capacidades se ampliaban con construcciones sucesivas. La construcción sucesiva de nichos significaba que podíamos evolucionar in situ, sin esperar a que la separación geográfica desencadenase el proceso de especiación. El proceso de construcción de nichos fue lo que impulsó nuestras sucesivas especiaciones y nos hizo lo que somos.

El nicho crea la inteligencia, no de forma generalizada, sino la clase de inteligencia especializada que necesite el nicho. La teoría de Bickerton está por tanto en sintonía con otras teorías modernas en este aspecto: no coloca primero el desarrollo de la inteligencia, y después conductas específicas (e. g., lenguaje), sino al revés. El lenguaje, surgido por necesidades ecológicas en una especie no privilegiadamente inteligente, llevó de modo complejo a un desarrollo mental y cerebral. No es el cerebro desarrollado el que explica la aparición del lenguaje, sino el lenguaje el que explica la aparición del cerebro humano desarrollado (Kenneally, 2007).

IV - El nicho humano según Tomasello (1999)
Todas las poblaciones humanas viven en un nicho ecológico, donde existe una doble herencia: biológica y cultural. En él, la cognición humana se desarrolla normalmente, y sin el cual muy probablemente no llegaría a desarrollarse plenamente.

Considera que, aunque conocemos la utilización de herramientas en animales no humanos (uno de los principales signos de rasgos culturales), solo en los humanos se produce la evolución cultural acumulativa y el efecto trinquete, esto es, la acumulación progresiva e innovadora de mejoras a lo largo de su desarrollo histórico. Sin embargo, algunos estudios recientes permiten reafirmar el continuum animal-humano y extender la cultura acumulativa a otros animales, pero con grandes diferencias (e. g., Caicedo, 2016).

Sin embargo, a diferencia de las demás especies, la capacidad de aprendizaje social, las capacidades cognitivas generales y el lenguaje humano permiten que la construcción de este nicho sea un proceso de permanente acumulación y transformación, en el que los procedimientos, las herramientas y las ideas se van mejorando de generación en generación. En este contexto, lo específicamente humano sería la colaboración, la comunicación y el más restringido aprendizaje social. Estas características surgen como adaptaciones para responder eficazmente ante la compleja diversidad en la construcción de un nicho cultural.

Entiende a la cultura como un nicho ontogenético (nicho genético-cultural), consecuencia de que se hereda el genoma, pero también el entorno (cultura). Los seres humanos están diseñados para vivir en un determinado tipo de entorno social. Este tipo de entorno social es lo que llamamos cultura, y es simplemente el nicho ontogenético para el desarrollo humano, típico de la especie y exclusivo de ella. El entorno cultural humano establece un determinado contexto para el desarrollo cognitivo de los niños, que lo caracteriza como un habitus cognitivo y como fuente de instrucción activa por parte de los adultos. En primer lugar, las personas que integran un grupo social dado viven de cierto modo, podemos llamar a eso el habitus del desarrollo de los niños. Al compartir las prácticas normales de las personas con quienes viven los niños tienen determinadas experiencias y no otras. El habitus produce efectos directos en el desarrollo cognitivo, y podemos ciertamente imaginar los estragos que causaría en el desarrollo cognitivo del niño la carencia de algunos componentes de esa materia prima.

Los estudios realizados con primates (orangutanes, chimpancés, bonobos) parecen evidenciar que el comportamiento altruista de los seres humanos no es producto del ambiente cultural que nos caracteriza. Este comportamiento altruista se compone de tres acciones: ayudar, informar y compartir, que no estarían determinadas por la intervención de los padres u otra forma de socialización, sino que responderían a una tendencia innata que es moldeada posteriormente. Todo esto exige ponerse en el lugar del otro, imaginar al otro y lo que el otro piensa o imagina; en definitiva, lo que alguien ha llamado una teoría de la mente. El mutualismo, pues, como sustento del altruismo, así como de los juicios normativos (derechos y obligaciones), división del trabajo y asignación de estatus. Es decir, que pensar juntos para llevar a cabo actividades cooperativas es el origen de la cultura. Tomasello (2010) piensa que el lenguaje es una facultad construida por nuestra inclinación, innata, a cooperar y comunicarnos.

Se sostiene que la evolución cultural acumulativa depende del aprendizaje imitativo y, tal vez, de la enseñanza activa impartida por los adultos, y que no puede ser producida mediante formas más débiles de aprendizaje social, como la intensificación local, el aprendizaje por emulación o la ritualización ontogenética, ni por ninguna forma de aprendizaje individual. La razón de ello es que la evolución cultural acumulativa depende de dos procesos, la innovación y la imitación que deben tener lugar en un proceso dialectico a lo largo del tiempo de manera tal que un paso dado en el proceso posibilite el paso siguiente. El propósito de la metáfora del trinquete es captar el hecho de que el aprendizaje imitativo (con o sin enseñanza activa) posibilita el tipo de transmisión fiel necesario para mantener la nueva variante en el grupo, a fin de proveer una plataforma para otras innovaciones; estas innovaciones pueden ser, en mayor o menor grado, de carácter individual, o bien social y cooperativo.

V – Nicho humano en el Estructuralismo funcional (Arqueología cognitiva)
Un último aporte sobre este complejo proceso lo realiza la Arqueología cognitiva (Estructuralismo funcional) de carácter interdisciplinario, incorporando al estudio de la evolución conductual humana los procesos de evolución cognitiva que ya vimos que no es paralela a la evolución anatómica. El Estructuralismo funcional indica que el desarrollo cognitivo del género Homo, además de la propia neuroevolución propia del linaje humano, se produce mediante la influencia del medio ambiente cultural, produciéndose un desarrollo cognitivo y, por tanto, con importantes cambios conductuales. Sería la hipótesis del nicho cognitivo-cultural (Rivera y Menéndez, 2011). Sin embargo, el fundamento psicobiológico (evolutivo, neurológico y psicológico) es muy diferente a los seguidos en la explicación del nicho cognitivo (Pinker, 2010). Uno de los enfoques más aceptados de la Psicología cognitiva corresponde al denominado Procesamiento de la información, que se asocia a la concepción del ser humano como un sistema neurológico capaz de recibir, procesar, almacenar y recuperar la información que le llega a través de sus sentidos (González Labra, 1998). Conceptualmente se basa en que todo proceso mental o cognoscitivo tiene como origen la información que previamente el cerebro ha tenido que recibir y procesar (Leahey, 1980; Klahr, 1992).

Al ser herederos evolutivos de nuestros ancestros primates es difícil asumir que en el inicio del desarrollo humano se produjeron cambios neurológicos específicos (mutaciones determinadas y precisas) que desarrollasen las nuevas conductas que vemos en el registro arqueológico. Los recientes datos que tenemos sobre la evolución neurológica nos indican que el aumento cerebral proporcionaba una mayor potencialidad neuronal y sináptica, a partir de las aferencias externas (sensaciones) e internas (recuerdos de memoria, emociones), formando las redes neurales responsables de nuevas estructuras de conducta (cognición causal). Este aumento se produce dentro de una ordenación jerárquica funcional, cuyo fundamento es que las áreas de asociación secundarias y terciarias se vayan estructurando (formación de redes neuronales) para la realización de las diferentes funciones cognitivas (coevolución cognitiva). La estructuración funcional de nuestro cerebro (componente innato) se realiza en función de las aferencias que le llagan del medio ambiente (nicho humano). En principio (sin conocer bien cuál fue la causa y el efecto) se produciría un mecanismo de retroalimentación mutuo (similar al de Bickerton, 2009, pero con diferentes parámetros) entre el desarrollo cultural que conforman el nicho humano y los cambios cognitivos (exaptación, coevolución y emergencia cognitiva) que producirían. Las mejoras adaptativas que se consigan favorecerán (selección natural) los siguientes cambios genéticos que mejor se adapten a este nuevo nicho (efecto Baldwin. Bateson, 2004), volviendo a repetir el ciclo de aumento de mayor capacidad funcional dentro de la jerarquización neurológica creada y heredada. En realidad el proceso de retroalimentación parece ser un equilibrio a tres bandas: evolución neurológica jerarquizada (base neurológica de características innatas), evolución cognitiva (exaptación, coevolución y emergencia cognitiva) y reiterados cambios del medio ambiente (nicho humano o cognitivo-cultural). El proceso se repetiría siempre en cada recién nacido, que haría suyo las características del medio en el nace y crece, siendo la base psicológica de la enorme capacidad de adaptación de nuestro Género.



Conclusión y discusión
Sin duda, los principios que han ido creando las diferentes definiciones de nichos (ecológico, cognitivo, cultural y cognitivo-cultural) tienen validez en sí mismos, pues no pueden excluir a los demás. Incluso, como se ha podido comprobar, existen conceptos, ideas y conexiones muy parecidas entre todos ellos. Sin embargo, la gran diferencia que puede inclinar la balanza a uno más que a otros sería la fundamentación en la que se basa. Los conocimientos evolutivos (genética de la neuroevolución), neurológicos (estructura jerarquizada, funcionalidad dependiente de las aferencias que le lleguen al cerebro), psicológicos (desarrollo del lenguaje como forma de realizar una estructuración funcional del cerebro, acumulación y transmisión ordenada de la información que las sociedades van acumulando en su acerbo cultural) y sociales (la imperiosa necesidad de crecer en un nicho social adecuado si se quiere obtener un desarrollo psicológico optimo), nos ofrecen unos datos que siempre hay que tener presentes.
Solo en una adecuada interconexión teórica podemos adquirir un preciso conocimiento de las características medioambientales (nicho ecológico y cognitivo-cultural) que influyeron en el desarrollo cognitivo en el linaje humano. Por tanto, es necesario elaborar un método interdisciplinar que nos permita seguir la evolución cognitiva humana dentro del nicho cognitivo cultural, por medio de los parámetros de cambio que puedan establecerse dentro de él.


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